viernes, 14 de junio de 2013

Giuseppe Verdi Capítulo IV - Su vida y su obra -


Este es el cuarto de una serie de apuntes preparados para un taller dedicado a la maravillosa obra de Giuseppe Verdi en conmemoración de los 200 años de su nacimiento



La trilogía romántica

SEGUNDO PERIODO CREATIVO

 

Rigoletto

 

La suma de experiencias y el dominio de los recursos expresivos, que alcanzará Verdi en estos años, dará como resultado tres obras capitales: Rigoletto, cuyo estreno tuvo lugar el 11 de marzo de 1851 en el Teatro de La Fenice de Venecia, Il Trovatore de 1852 y La Traviata del mismo año.

Giuseppe Verdi escribió Rigoletto tras el fracaso de la revolución de 1848, que produjo tal desengaño al compositor, que abandonó los temas patrióticos para centrarse más en la psicología de los personajes de sus obras. En este aspecto, Rigoletto rompió moldes, pues el protagonista era un barítono maligno y el tenor abandonaba el papel de caballero romántico para convertirse en un vil canalla.

A principios de 1851, el teatro de La Fenice de Venecia invitó a Verdi a componer una nueva ópera para ser estrenada allí, en una época en que ya era un compositor bien conocido con un amplio grado de libertad a la hora de elegir las obras que prefería musicar. Pidió entonces a Piave (con quien ya había trabajado en Ernani, I due Foscari, Macbeth, Il corsaro y Stiffelio) que examinara la obra Kean de Alejandro Dumas, padre, pero sentía que necesitaba un tema más enérgico con el que trabajar.

Verdi pronto dio con el drama francés Le roi s’amuse (El rey se divierte), del escritor Víctor Hugo. Más tarde explicó que "Contiene posiciones extremadamente poderosas... El tema es grande, inmenso, y tiene un personaje que es una de las más importantes creaciones del teatro de todos los países y todas las épocas". Era un tema muy controvertido y el propio Hugo había tenido problemas con la censura en Francia, que había prohibido producciones de esta obra después de su primera representación casi veinte años antes (y continuaría prohibida durante otros treinta años). Como la Austria de la época directamente controlaba gran parte del norte de Italia, se presentó ante el Consejo de Censores austriacos. La obra de Hugo representaba a un rey (Francisco I de Francia) como un seductor cínico e inmoral, algo que resultaba inaceptable en la Europa de la Restauración posterior a las guerras napoleónicas.

Desde el principio, Verdi era consciente del riesgo, lo mismo que Piave. En una carta Verdi escribió a Piave: "Usa cuatro piernas, corre por toda la ciudad y encuéntrame una persona influyente que pueda obtener permiso para hacer Le Roi s'amuse." Le siguió correspondencia entre un prudente Piave y un ya comprometido Verdi, los dos estaban en riesgo y subestimaron el poder y la intención de los austriacos. Incluso el amistoso Guglielmo Brenna, secretario de La Fenice, que les había prometido que no tendrían problemas con los censores, estaba equivocado.

A comienzos del verano de 1850, empezaron a difundirse rumores de que la censura austriaca iba a prohibir la producción. Consideraban la obra de Hugo en el límite de la lesa majestad, y nunca permitirían que una obra tan escandalosa se representara en Venecia. En agosto, Verdi y Piave prudentemente se retiraron a Busseto, ciudad natal de Verdi, para continuar la composición y preparar un esquema defensivo. Escribieron al teatro, asegurando que las dudas del censor sobre la moralidad de la obra eran injustificadas, pero puesto que quedaba poco tiempo, poco podía hacerse. Los compositores llamaban en secreto a la obra La maldición).

Tres meses antes del estreno llegó de nuevo la censura que vetó el libreto. El comunicado decía así: «El gobernador militar de Venecia, señor Gorzowski, deplora que el poeta Piave y el célebre músico Verdi no hayan sabido escoger otro campo para hacer brotar sus talentos, que el de la repugnante inmoralidad y obscena trivialidad del argumento del libreto titulado La maledizione. Su Excelencia ha dispuesto pues vetar absolutamente la representación y desea que yo advierta a esta Presidencia de abstenerse de cualquier ulterior insistencia al respecto». El censor De Gorzkowski usó el título no oficial de la obra, evidentemente conocida a través de espías, para reforzar, si era necesaria, la violenta carta en la que denegaba definitivamente su consentimiento a la producción.

Para no desperdiciar el trabajo, Piave intentó revisar el libreto y fue incluso capaz de sacar de él otra ópera Il Duca di Vendome, en la que el soberano era sustituido por un duque y tanto él como el jorobado y la maldición desaparecían. Verdi se manifestó completamente en contra de esta solución y en lugar de ello prefirió negociar directamente con los censores, argumentando cada punto de la obra.

El asunto se resolvió gracias a la diplomacia de los administradores del teatro. Brenna, el secretario de La Fenice, mostró a los austriacos algunas cartas y artículos representando el mal personaje pero el gran valor del artista, ayudando para mediar en la disputa. Se trasladaron a Busseto y allí se pusieron de acuerdo con Verdi y el libretista para que se cambiasen al menos estos puntos: Trasladar la acción de la Corte de Francia a un ducado de Francia o Italia; y cambiar los nombres de los protagonistas inventados por Víctor Hugo. En la versión italiana el duque gobierna Mantua y pertenece a la familia Gonzaga: los Gonzaga se habían extinguido hacía tiempo a mediados del siglo XIX, y el Ducado de Mantua ya no existía, de manera que no se podía ofender a nadie. La escena en la que el soberano se retira a la habitación de Gilda se eliminaría. La visita del duque a la taberna no sería dictada por bajos propósitos, sino provocada por un truco. El jorobado (originalmente, Triboulet) pasó a ser llamado Rigoletto (del francés rigolo = divertido). El nombre de la obra también se cambió.

Verdi aceptó estos condicionantes y el contrato se firmó. Las firmas fueron tres: Verdi, Piave y Guglielmo Brenna, secretario de La Fenice. Así fue como nació la ópera Rigoletto que hoy se conoce.

Verdi se propuso en esta obra conciliar la estructura tradicional del melodrama con la complejidad del protagonista, Rigoletto, y eso no lo pudo cambiar la censura con sus condiciones. El bufón Rigoletto es un personaje verdiano, que se mueve entre el afecto por su hija y el odio por el Duque y los cortesanos. Es exactamente lo que Verdi quería realizar.

Para el estreno, Verdi tuvo a Felice Varesi como Rigoletto, el joven tenor Raffaele Mirate como el duque y Teresina Brambilla como Gilda (aunque Verdi hubiera preferido a Teresa De Giuli Borsi). Teresina Brambilla era una soprano bien conocida procedente de una familia de cantantes y músicos; una de sus sobrinas, Teresa Brambilla, fue esposa de Amilcare Ponchielli.

 La inauguración fue un triunfo completo, especialmente la escena dramática, y el aria cínica del duque, "La donna è mobile", que se cantaba por las calles al día siguiente.

Debido al alto riesgo de copias no autorizadas, Verdi había exigido el máximo secreto de todos los cantantes y músicos. El tenor Mirate tuvo la partitura a su disposición sólo unas pocas tardes antes del estreno y se vio obligado a jurar que no cantaría ni silbaría la melodía de "La donna è mobile" antes del estreno.

Muchos años más tarde, Giulia Cori, hija de Varesi, describió la interpretación de su padre en el estreno. Interpretando al Rigoletto original, su padre estaba realmente incómodo con la falsa joroba que tenía que llevar; estaba tan inseguro que, incluso siendo un cantante experimentado, tuvo un ataque de pánico cuando le tocó entrar en escena. Verdi inmediatamente se dio cuenta de que estaba paralizado y brutalmente lo empujó al escenario, de manera que apareció con una torpe caída. Esto divirtió mucho al público, que creyó que era un chiste.


En el siguiente enlace podremos escuchar al barítono Piero Cappuccilli, uno de los grandes intérpretes del infeliz bufón, en la segunda escena del primer acto.  

.  Un extraño encuentro con un asesino a sueldo que le ofrece sus servicios, deja a Rigoletto reflexionando sobre su triste condición, llegándose a comparar con el sicario.

RIGOLETTO
(Siguiendo a Sparafucile con la vista)
¡Somos iguales!
Yo con la lengua y él con el puñal;
¡Yo soy el hombre que ríe,
él, el que mata!
¡Aquel viejo me maldijo!
¡Oh hombres!... ¡Oh, naturaleza!...
¡Me habéis hecho un vil malvado!...
¡Que rabia, ser deforme!...
¡qué rabia ser bufón!...
¡No deber, no poder hacer otra cosa
mas que reír!
Me está prohibido el patrimonio
de cualquier hombre... ¡el llanto!
Y mi amo joven y alegre,
tan poderoso, adormilándose me dice:
¡bufón hazme reír!...
Y debo esforzarme y conseguirlo.
¡Qué condena!
¡Os odio, cortesanos repugnantes!
¡Que alegría me da el zaheriros!
Si soy perverso, es por vuestra culpa.
¡Pero aquí soy otro hombre!
¡Aquel viejo me maldijo!
¿por qué este pensamiento me turba?
¿me sucederá alguna desgracia?
No, ¡es una locura!


El trovador (Il Trovatore)


Composición
Fue el mismo Verdi quien tuvo la idea de componer una ópera sobre el tema de García Gutiérrez, encargando a Salvatore Cammarano la redacción del libreto. El poeta napolitano murió súbitamente en el año 1852, poco después de concluir el libreto, y Verdi, que deseaba hacer algunos añadidos y modificaciones, recurrió a la intervención de un colaborador de Cammarano, Leone Emanuele Bardare. Este, que trabajó bajo las precisas instrucciones del compositor, cambió la métrica de la canción de Azucena (de septetos a dobles quintetos) y añadió el cantable de Luna (Il balen del suo sorriso - II.3) y el de Leonora (D'amor sull'ali rosee - IV.1). El mismo Verdi, por otro lado, intervino personalmente sobre los versos finales de la ópera, abreviándolos. El año 1857 Verdi revisó la partitura a raíz de su estreno en París, añadiéndole un ballet.
Las largas meditaciones de Verdi sobre la ópera en gestación apuntaban a realizar una cosa nueva y muy diferente al convencional. Salvatore Cammarano era un libretista con talento y respetado, pero sus ideas estilísticas corrían por otros caminos. En una carta escrita en abril de 1851, Verdi le expresó su idea de una ópera de una sola pieza, sin cavatinas, ni dúos, ni tercetos, ni coros, ni los finales de rigor. Era costumbre que las óperas comenzaran con un coro, pero, entre otras, esta no era la idea para El trovador. Deseaba fundir los dos primeros actos en uno y que, más que partes de una ópera, los diferentes momentos fuesen tratados como movimientos de un concierto. Verdi formulaba ideas avanzadas para la ópera italiana de su época, Cammarano adoptó una postura conservadora y no le dio lo que esperaba de él: el resultado, se puede comprobar, es exactamente lo contrario a la idea original.
Enemigo de las discusiones y presiones de diversa índole, el compositor recibió la noticia de la muerte de su madre y el proyecto estuvo a punto de quedar en nada. Recuperó las fuerzas para reemprender la tarea. A finales de año, Verdi partió a París con Strepponi, recomendando a Cammarano que acabase el libreto cuanto antes. En febrero de 1852 se enteró de que el poeta pasaba por una grave enfermedad, aunque le aseguraron que estaba fuera de peligro. El trabajo no avanzada y pensó que lo acabase otro libretista. Paralelamente no tardó en surgir la posibilidad de que, si los censores aprobaban el libreto, El trovador se estrenase en el Teatro Apollo de Roma en enero de 1853. Pero el texto siguió estancado, la salud de Cammarano empeoraba y el desenlace fue fatal. El músico supo la muerte de su colaborador por un obituario publicado en un diario teatral y lamentó que no hubiese ocurrido por medio de la carta de algún amigo o persona cercana.
Ocho días antes de morir, Cammarano llegó a completar Di quella pira. Verdi le entregó a la viuda del poeta, sola con seis hijos, el dinero acordado para el libretista más una suma adicional. Se necesitaba con urgencia un hombre de letras para acabar la faena - faltaban partes del tercer acto y la totalidad del cuarto- y hacer cambios de último momento, la elección recayó en un napolitano amigo de Cammarano, Leone Emanuele Bardare. Cuando le encomendó esta obra, Bardare tenía 32 años, iniciaba su carrera de libretista y con el tiempo llegó a escribir los textos de más de quince óperas.
Representaciones
Verdi regresó a París en Santa Ágata y hacia finales de diciembre de 1852 viajó a Roma, donde, instalándose en un piso alto del Hotel Europa y teniendo a su disposición un piano, una vez acabada la partitura de la ópera, mientras esperaba el estreno, componía La traviata.
No hubo problemas con la censura y según lo previsto, El trovador se estrenó en el Teatro Apollo el 19 de enero de 1853. Esta sala tenía fama de contar en sus filas con excelentes cantantes, pero no fueron los que Verdi hubiera querido: en lugar de Raffaele Mirate -el primer duque de Mantua en Rigoletto-, Manrico fue Carlo Baucardé, el papel de Leonora era ideal para Teresa De Giulio-Borsí, pero recayó en Rosina Rossí. Emilia Goggi fue Azucena y Giovanni Guicciardi el conde de Luna.
El triunfo de la nueva ópera superó todas las expectativas y Verdi recibió el obsequio de una corona de laureles con cintas rojas. Después de la tercera representación, una multitud que empuñaba antorchas acompañó al maestro a su hotel, y una pequeña banda tocó bajo su balcón música hasta la madrugada. Era costumbre del compositor retirarse de la ciudad de turno después de la tercera representación, pero en agradecimiento se quedó para la cuarta. Esta noche, el Apollo fue decorado con flores y estandartes. Sí, el triunfo era innegable, pero Verdi le dijo a su amiga la condesa Clara Maffei, que habría funcionado mejor con otros cantantes y que algunas personas comentaron que El trovador era una ópera triste y ominosa.
La inmensa popularidad de la obra, con alrededor de 229 producciones por todo el mundo en los siguientes tres años, queda ilustrada por el hecho de que, en Nápoles, por ejemplo, donde la ópera en sus tres primeros años tuvo once puestas en escena en seis teatros, las representaciones ascendieron a 190.
La partitura exige cinco voces de gran calidad, pues, aunque el papel del bajo es muy corto, se precisa una voz rotunda, y lo mismo en el caso de los cuatro protagonistas principales, Leonora (soprano), Manrico (tenor), Azucena (mezzosoprano) y el Conde de Luna (barítono), todos ellos con arias, dúos y tercetos de gran dificultad.
En el personaje de la gitana Azucena, Verdi encuentra el nudo del drama, para este ambiguo personaje desarrolla una declamación lírica, que trasciende las formas tradicionales que estructuran esta ópera, aparentemente conservadora, para el camino que estaba desarrollando en estos fructíferos años. El personaje se emparenta en su expresión dramática con el de Rigoletto.




La Traviata

Está basada en La Dame aux camélias (La dama de las camelias), que Alejandro Dumas había escrito un año antes, una visión trágica del demi-monde contemporáneo. Al principio, la ópera se consideró sospechosa desde el punto de vista moral, durante los primeros cincuenta años de su existencia la acción se atenuó con decorados y vestuarios del siglo XVIII.
La Traviata, muestra una extraordinaria sensibilidad psicológica al representar la respuesta de Violeta a la declaración de Alfredo en las cavilaciones de “Ah, fors´è lui” o en la magnífica escena con Germont padre, en el que se deja persuadir por éste para que abandone a Alfredo, así como también en su resignación ante la enfermedad, en “Addio del passato”. En parte Verdi consiguió transmitir esta sensibilidad mediante una mayor restricción de la orquestación y su finísimo sentido de las posibilidades del color instrumental, como se aprecia en la división de las cuerdas en los preludios del primer y del último acto, o en el solo de clarinete que acompaña a Violeta mientras escribe su carta de despedida, o también en la figuras del oboe es su  “Addio del passato”. Otros signos de la mayor amplitud de la gama expresiva de Verdi se detectan en la partitura vocal para su heroína: los efectos de coloratura se limitan al primer acto, apareciendo en su chanza con Alfredo y, sobre todo, en la cabaletta “Sempre libera”, con la que Violeta celebra su alocada vida de cortesana, pero en el resto de la obra sus simples melodías líricas se desvían muy sutilmente siguiendo las inflexiones del texto, tal y como ocurre en el pasaje “Dite alla giovine” del dúo ya mencionado con Germont, o en el solo “Alfredo, Alfredo…” del concertante que pone fin al segundo acto.
 
 
  




jueves, 23 de mayo de 2013

Richard Wagner: 22 mayo 1813 - 22 mayo 2013


Como homenaje a los 200 años del nacimiento de uno de los más grandes genios de la música, transcribo un artículo preparado por Gustavo Fernandez Walker

La Revolución sin descanso


A doscientos años del nacimiento del influyente músico alemán, su nombre continúa siendo objeto de devoción, rechazo y discusiones interminables. Su obra, ligada en el imaginario colectivo a la utilización que el nazismo hizo de ella, admite constantes reinterpretaciones, como la del filósofo francés Alain Badiou que califica a la música de Wagner como “liberadora” para el mundo actual.


 

En las afueras de Leipzig, a unos pocos minutos del centro histórico de la ciudad –una ciudad poblada de referencias culturales, de la música de Bach, Mendelssohn o Schumann a la Taberna de Auerbach en la que, según Goethe, el Dr. Fausto y el mismísimo Demonio iban de copas–, es posible visitar uno de los monumentos más imponentes y enigmáticos de Europa: hasta su propio nombre, para los extranjeros, parece un desafío casi tan abrumador como los 500 escalones que conducen a la cúspide. Se trata del Völkerschlachtdenkmal, o Monumento de la Batalla de las Naciones, erigido en 1913 para celebrar el centenario del triunfo de las tropas prusianas y rusas sobre el ejército napoleónico y sus aliados.

La batalla tuvo lugar en octubre de 1813, muy cerca de la casa en la que unos meses antes, el 22 de mayo, había nacido Richard Wagner. La coincidencia podría ser un dato anecdótico, pero lo cierto es que, en los cien años que transcurrieron entre la Batalla de las Naciones y la erección de su monumento, Alemania pasó de ser un agregado de reinos y estados dispersos a una potencia en plena expansión, al borde de lo que, utópicamente, se llamaría “Ultima Gran Guerra”. Y la vida y la obra de Wagner no sólo se desarrollaron sobre ese telón de fondo: también fueron, a su modo, símbolo de esa transformación y parte del combustible que la motorizó. La obra de Wagner, tantas veces comparada con La fundición de acero (1875) de Adolph von Menzel, es más que un reflejo de la consolidación de Alemania como una potencia: allí donde Menzel refleja el vientre de la ballena, la contemporánea tetralogía El anillo del nibelungo (1876) elabora un relato de aliento épico que, a partir de un presente turbulento, reconstruye un pasado mítico y anuncia un utópico futuro.

La genialidad de Wagner, lo que hace que hoy, a doscientos años de su nacimiento, su nombre continúe siendo objeto de devoción, rechazo, discusiones interminables y permanente reinterpretación de su obra, reside en la profunda ambigüedad que atraviesa todas sus creaciones y hasta su propia biografía.

Sus contradicciones son, en realidad, las de Alemania y, más aún, las de toda Europa: las ya habituales polémicas ante cada nueva producción demuestran que su figura continúa siendo una herida abierta, tan difícil de cerrar como la del rey Amfortas en la última y más problemática de sus óperas. Desde su primera creación para la escena, Las hadas (1833) hasta Parsifal (1882), las obras de Wagner están protagonizadas siempre por personajes escindidos, tironeados por dos universos enfrentados, torturados por un quiebre interior, para los que la elección de uno de esos polos opuestos conduce invariablemente a la muerte. Como ninguna otra creación del siglo XIX, la música de Wagner pone de manifiesto de manera desgarradora la tensión interior de sus personajes: por cierto, no fue Wagner el que “inventó” el uso expresivo del cromatismo, de la tensión armónica y de la postergación de la resolución de la disonancia. Pero sin ninguna duda fue el maestro absoluto en la elaboración de todo un programa estético a partir de esos recursos.

El tercer acto de Tristán e Isolda (1865) es emblemático: durante casi una hora lo único que vemos sobre el escenario es el héroe herido, delirando por la fiebre, la nostalgia y la culpa. Tristán está esperando el regreso de Isolda, y nosotros somos testigos de esa interminable espera. La música que refleja la agitación afiebrada de Tristán está entre lo más revolucionario que escribió Wagner: pero, cuando la tensión se hace insostenible, llega el reposo. Es el típico recurso por el cual Wagner recibió de Nietzsche la acusación de “viejo hechicero”: todo fue apenas un truco mediante el cual se postergó la gratificación. Cuando se interpreta en versión de concierto el preludio de Tristán e Isolda seguido por la “muerte de amor”, queda de manifiesto hasta qué punto una es la resolución del otro. Como si se vieran sucesivamente el primero y el último capítulo de una telenovela, uno se pregunta si no podría haberse ahorrado las cuatro horas de ópera que median entre el ambiguo acorde inicial y la caída del telón.

Desde ya, las cosas no son tan sencillas. Por lo pronto, en el caso de Tristán e Isolda , la resolución es engañosa. Después de la larga agonía del tercer acto, Tristán muere inmediatamente, apenas advierte el regreso de su amada. El final de la espera coincide, para él, con el instante de la muerte. Pero la obra continúa: falta aún el perdón del rey y la “muerte de amor” de Isolda. Ese final resuelve la tensión que había abierto el acorde inicial cuatro horas antes, pero la verdadera resolución de la historia se posterga una vez más: el reencuentro de Tristán e Isolda se proyecta en un más allá que se prolonga en la oscuridad que le sigue a la caída del telón. Toda la ópera no es sino la manifestación sensible de esa palabra tan difícil de traducir a otros idiomas y que los alemanes llaman Sehnsucht. El sentimiento romántico por excelencia: la nostalgia que genera, al mismo tiempo, un dolor infinito y un infinito placer. La melancolía como una de las bellas artes.

Lo cual conduce a otro aspecto de la revolución wagneriana: la dimensión de sus creaciones. ¿Por qué –se preguntan muchos– las óperas de Wagner duran entre cuatro o cinco horas? Hasta las excepciones a la regla, las obras que duran apenas dos horas y media ( El holandés errante y El oro del Rin ), no tienen intervalos, como para que, si no son tan extensas, al menos lo parezcan. Esa extensión es fundamental para que la obra surta su efecto: mediante recursos dramáticos y musicales, Wagner provoca la total alteración de nuestra percepción del tiempo. La indefinida postergación de la resolución reduce la obra a la pura tensión entre los opuestos: sensualidad y ascetismo, fidelidad y traición, sueño y vigilia, realidad y apariencia, revolución y restauración. Wagner parece dilatar al máximo el momento de la elección entre esos opuestos porque, en el fondo, no quiere elegir. El aparente estatismo de la obra de Wagner es un espejismo producido por pequeñas y permanentes transformaciones.

Parsifal es la obra emblemática al respecto: durante la transformación del primer acto, Gurnemanz declara que allí “el tiempo se convierte en espacio”. En el tercer acto, cuando Parsifal regrese, ya adulto, a la comunidad de Grial, no sabremos exactamente cuánto tiempo transcurrió, como tampoco sabemos cuánto tiempo estuvo dormida Brunilda en la roca de las Walkyrias, ni cuánto tiempo pasó Tannhäuser en el Venusberg. Sabemos que pasaron siete años desde la última estadía del Holandés en tierra firme, pero no sabemos cuántas veces pasaron, antes, otros siete años. El propio final de la tetralogía, que, como en todo anillo, coincide con su comienzo –las ninfas jugando con el oro entre las aguas–, sugiere que todo ese relato épico puede haberse repetido desde siempre, en un loop permanente.

De ahí que cuando se habla de la importancia del mito en la obra de Wagner no alcance con señalar los libretos de sus óperas, la elección de los personajes y las situaciones. No se trata de obras protagonizadas por personajes mitológicos, sino de esfuerzos por crear un lenguaje musical que sea, él mismo, mítico. Relatar las historias y los símbolos ocultos en los dramas de Wagner puede resultar interesante, pero no permite apreciar en dónde reside la importancia del proyecto wagneriano. La revolución musical producida por Wagner fue de tal magnitud que no sólo toda Europa cayó bajo su influjo –basta con mirar la escena musical de fines del siglo XIX en Francia, Inglaterra, España o Rusia para ver hasta qué punto la fiebre wagneriana se había difundido por todo el continente, e incluso había atravesado el océano para instalarse en América–; en cierto sentido, todavía hoy estamos viviendo bajo los efectos de esa revolución.

En su juventud, Wagner había escapado de lo que para él era el irrespirable ambiente provinciano de las ciudades alemanas, para probar fortuna en París. La traumática experiencia en la capital francesa le inspiró un nuevo propósito: redescubrir su “germanidad” y volver a su tierra para crear allí un ambiente propicio para el desarrollo de su obra. Paradójicamente, lo que antes era visto como una carencia, ahora se presentaba como una oportunidad. “Alemania” era más una idea que una realidad, y el propósito de Wagner era que la realidad se ajustara a sus ideales. El instrumento emancipador de la sociedad, la herramienta con la que el demiurgo Wagner quiso construir su Alemania, debía ser el drama musical. Las referencias a “la obra de arte del futuro” en la literatura wagneriana aluden a ese elemento fundacional.

Hay, desde luego, un componente megalómano en el asunto, y casi todos los contemporáneos que dejaron testimonios de la personalidad wagneriana dan cuenta de su irrefrenable manía de hablar de sí mismo, de sus proyectos, de intervenir en los debates públicos mediante panfletos incendiarios y participar en cuanta revuelta se generara en la convulsionada Europa de mediados del siglo XIX. Pero lo sorprendente de la megalomanía wagneriana es que si, por definición, una utopía es la negación misma de un lugar ( tópos ) en el que realizarse, Wagner encontró, en Bayreuth, el lugar perfecto para su utopía, que todavía hoy continúa funcionando.

En efecto, Bayreuth es la palabra capaz de concentrar en sí todas las contradicciones, toda la fascinación y el rechazo que produce el proyecto wagneriano. La desmesura de ese proyecto contrasta con la austeridad espartana del teatro y de la ciudad misma. Su ubicación, en el corazón de Baviera, alejada de las grandes urbes, transforma la mera visita a la ciudad en una suerte de peregrinación. La intención de que Parsifal se interpretara únicamente en el teatro de los festivales terminaba de conferirle ese aura ritual, casi mística, a toda la obra de Wagner, y no sólo a su última creación. La “obra de arte total” incluía también la gestualidad del oficio religioso como aspiración a la trascendencia.

Lo que se escondía allí era un proyecto pedagógico: una politización de lo estético acorde a la incipiente sociedad de masas. En ese sentido, el proyecto wagneriano fracasó: las masas, para las que las funciones en el teatro de los Festivales serían subvencionadas por el Estado, nunca se acercó a Bayreuth. Casi desde el comienzo, el Festival se convirtió en lo que es todavía hoy: un acontecimiento seguido con atención en todo el mundo, pero al que sólo logran asistir unos pocos elegidos. Con todo, la intuición wagneriana del espectáculo de masas logró imponerse, incluso más allá de las fronteras de Alemania, al punto de que toda la política del siglo pasado puede ser entendida como una subversión (o, según otros, el cabal cumplimiento) del ideal wagneriano, reformulado ahora como estetización de la política.

Este es, sin duda, el aspecto más problemático de la figura de Wagner: su sombra proyectada sobre el siglo XX y hasta nuestros días. No deja de ser sintomático que “el caso Wagner” haya involucrado a filósofos como Nietzsche, Heidegger, Adorno, Benjamin o, en la actualidad, Alain Badiou o Zizek. Cuando Zizek afirmó que “quien no quiere hablar sobre Bayreuth, debe callar sobre Europa”, su exageración retórica escondía una realidad: Wagner es, todavía hoy, un “problema” en el sentido filosófico del término. Una cuestión a ser abordada, un interrogante que no pierde su actualidad o su urgencia.

La mención de Bayreuth por parte de Zizek remite al lugar que ocupaba Auschwitz en la filosofía de Adorno: el punto de quiebre en la historia de Europa. El “caso Wagner” es, en cierto modo, el interrogante por la línea que une ambos puntos. El problema es complejo, porque en él se conjugan cuestiones muy diversas: desde el antisemitismo wagneriano hasta la estrecha relación de los descendientes de Wagner con el propio Hitler, quien había planeado, una vez ganada la guerra, transformar Bayreuth en un gigantesco altar en el que celebrar los “Festivales de la Paz”. Es precisamente la asociación entre la obra de Wagner y el régimen nazi lo que decidió el boicot de la Orquesta Filarmónica de Israel hacia la música de Wagner, después de la Kristallnacht de 1938. En los primeros años, bajo la dirección de Arturo Toscanini –un habitual invitado a Bayreuth por entonces– la Filarmónica de Israel había interpretado música de Wagner sin problemas (todavía hoy, si bien por otras razones, resulta más fácil conseguir discos de Wagner en Israel que en la Argentina). La reciente cancelación de una producción de Tannhäuser en Düsseldorf, plagada de simbología nazi, demuestra que el problema dista mucho de estar saldado.

El documental Wagner & Me (2010), del actor británico Stephen Fry, aborda la “cuestión Wagner” de manera personal: Fry intenta conciliar su herencia judía con su fascinación por la música de Wagner, y culmina su búsqueda con una traumática e iluminadora peregrinación a Bayreuth. La primera persona es el principal hallazgo del documental: la llaga que significa la obra de Wagner es única e intransferible, se experimenta en un plano íntimo, a pesar de que toda la idea wagneriana de la “obra de arte total” esté pensada como experiencia colectiva. Como en una larga tradición muy presente en lo que se llamó “mística alemana” (aunque no se origina ni se agota en ella), la redención del individuo está indisolublemente asociada a la redención de toda la comunidad.

La importancia del arte como elemento redentor en la obra de Wagner es otra de sus características, muchas veces señalada. En Tannhäuser , cuyo título original iba a ser El monte de Venus (sus amigos convencieron a Wagner de cambiarlo, para evitar las bromas soeces), la disputa entre el ideal de castidad asociado al universo cristiano opuesto a una sexualidad amenazante, a la vez territorio de perdición y de deleite, se manifiesta en un concurso de canto entre trovadores medievales.

En Los maestros cantores de Nürnberg , otra obra con un certamen de canto como eje dramático, lo que está en disputa no es otra cosa que la idea misma de nación alemana. El final de la obra declara explícitamente este programa: “aun si el Sacro Imperio Romano-Germánico llegara algún día a disolverse, el sagrado arte alemán logrará sobrevivir para siempre”. En una reciente producción de la Opera de Nürnberg, el coro cantaba estos versos mientras agitaba las banderas de la Unión Europea, como si el director de escena quisiera diluir el componente nacionalista apelando al concierto de las naciones. Desde luego, el efecto fue el contrario, e involuntariamente más perturbador: las banderas azules contrastaban con las palabras del coro, evocando en el espectador la imagen de una Europa en la que Alemania ejerce hoy un papel disciplinador. En los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, ese final no se cantaba: la ecuación Alemania = Arte + Imperio sonaba demasiado disonante para los oídos europeos.

La incomodidad que aún se percibe en el público cuando se cantan esos versos finales es similar a la que despierta en el visitante, alemán o extranjero, al Monumento a la Batalla de las Naciones. Es casi imposible no pensar en la obra de Wagner al entrar en esa intimidante estructura, a la vez fascinante y repulsiva. No ver a Fafner, a Fasolt o a los guardianes del Grial en las desmesuradas esculturas de su interior. Una estrecha escalera de piedra conduce a la terraza, desde la que se puede ver, en un golpe de ojo, la ciudad de Leipzig. Como en la última visión del Dr. Fausto, la obra de Wagner produce, todavía hoy, ese mismo vértigo.

sábado, 27 de abril de 2013

Giuseppe Verdi - Su vida y su obra - Capítulo III


Este es el tercero de una serie de apuntes preparados para un taller dedicado a la maravillosa obra de Giuseppe Verdi en conmemoración de los 200 años de su nacimiento
 
 
AÑOS DE GALERA


El propio Verdi acuñaría este término, para referirse a esos años en los que debía componer a fechas forzadas, para cumplir con los múltiples compromisos a los que el éxito lo empujaba.

Entre el estreno de Ernani y la Battaglia di Legnano (1849) Verdi compuso constantemente. – Sólo Jerusalem fue reelaboración de una partitura anterior-
En estos febriles años tuvo que ocuparse de Contratos, Caducidad de plazos, Correspondencia, Composición, Orquestación, Cantantes, Directores, Editores, Empresarios, enemigos y personas de buena voluntad. Todo compaginado con una agotadora agenda de viajes. Muzio lo aliviaría al menos de una parte de ese trabajo.
Antes de finales de mayo del 44 más de 20 teatros de Italia y otros en Paris y Londres, habían pedido Ernani; Durante los 3 años siguientes la ópera fue producida de Constantinopla a Rio de Janeiro y La Habana. De Copenhague a Argelia.
En 1844 se estrenó en 32 teatros.
En 1845 se estrenó en 60 teatros.
En 1846 se estrenó en 65 teatros, más las reposiciones en los teatros donde se había estrenado anteriormente.
 
La firme decisión de Verdi de ganarse un espacio entre los grandes compositores de ópera y la de hacerse de una abultada cartera que lo alejase definitivamente de la pobreza y por ello de la falta de libertad, hacen que el joven y exitoso Giuseppe dedique su vida de aquellos años al trabajo. Estos serán llamados los “ anni di galera” por el propio Verdi. El esfuerzo continuado se reflejará en su salud, contantemente aquejado de dolores de estómago y de garganta. Su jornada de trabajo comenzaba generalmente a las 4 de la mañana sentado frente a la mesa, con sus partituras hasta las 4 de la tarde, la mayoría de las veces con solo un café en el cuerpo.
En este esfuerzo le ayudan también, sin lugar a dudas, su rapidez componiendo y orquestando. Una rapidez que él mismo consideraba un bien necesario, y que es, como señala buena parte de la crítica, una de sus mayores virtudes. A Verdi, melodía y acompañamiento se le ocurrían a un tiempo, algo que se ve claramente es sus partituras manuscritas. Según sus propias palabras: “la idea del motivo musical y su acompañamiento instrumental se me vienen a la mente al completo y sobre todo siento si debe ser una nota de un violín o de una flauta. La dificultad está en escribirlo todo lo suficientemente rápido, para poder así expresar el pensamiento musical en su integridad, tal cual ha llegado a la mente.
Sin embargo, él mismo reconocía una y otra vez, que hasta llegar a ese momento, era preciso haber madurado antes mentalmente la idea de la ópera, el colorido general, el carácter particular de cada personaje. Lo malo es que, en los “años de galera”, esa maduración no siempre tuvo lugar
·         I due Foscari (Teatro Argentina de Roma, 3 de noviembre de 1844) — Tragedia lírica en tres actos de Francesco María Piave.
·         Giovanna d'Arco (Teatro La Scala de Milán, 15 de febrero de 1845) — Drama lírico en un prólogo y tres actos de Temistocle Solera.
·         Alzira (Teatro San Carlo de Nápoles, 12 de agosto de 1845) — Tragedia lírica en un prólogo y dos actos de Salvatore Cammarano.
Superado ese bache el compositor remonto su nivel dramático en:
·         Attila (Teatro La Fenice de Venezia, 17 de marzo de 1846) — Drama lírico en un prólogo y tres actos de Temistocle Solera.


 

La composición de Attila no fue fácil, instalado en Venecia en Diciembre de 1845, el compositor enfermó gravemente, afectado por fuertes dolores reumáticos y una intensa fiebre de origen gástrico. Llegaron a correr rumores de su muerte y se vio obligado a interrumpir su trabajo durante algunas semanas, pero en cuanto se sintió un poco mejor  volvió a escribir, a pesar de que los médicos le habían aconsejado  seis meses de reposo para su agotado organismo.
Los meses posteriores al estreno de Attila fueron una época de cierto descanso para Verdi. Todavía muy débil a causa de su enfermedad, presto atención a los consejos de los médicos y a su vuelta a Milán se dedicó a reposar y recuperarse.
Quizá aquel breve descanso facilitara en mayor acercamiento a Giuseppina Strepponi, que habiendo dado por concluida su carrera como cantante, abriría ese mismo año, una escuela de canto en Paris, donde transmitía su conocimiento del nuevo estilo de canto verdiano, en la medida que este se iba desarrollando.
Entre las muchas transformaciones que el compositor impuso en la opera italiana, una de las más importantes fue sin duda la de la concepción y el uso de la voz. Desde Monteverdi – desde el origen por tanto de la ópera-, la voz humana había sido tratada en la ópera, como un instrumento bellísimo, pero como un instrumento sólo melódico, de gran delicadeza y, por eso mismo, limitado en sus posibilidades expresivas. Era la tradición del bel canto, que llegó a sus últimas cimas con Bellini, y en la que lo único importante era la melodía.
Pero Verdi transformó la voz, liberándola de esa esclavitud virtuosística, tratándola como un instrumento a cuyas extraordinarias posibilidades melódicas se unían también las dramáticas.
Se afirman cambios estilísticos, el lento adiós al belcantismo:
Macbeth (Teatro La Pergola, 14 de marzo de 1847) — Melodrama en cuatro partes de Francesco María Piave.
La primera versión de Macbeth la terminó en la mitad de lo que Verdi llamó sus "años de galera". Desde 1842 a 1850, este período vio al compositor producir 14 óperas, pero para los estándares de casi todas las óperas italianas de los primeros cincuenta años del siglo XIX, Macbeth era muy insólita. Verdi intentó aquí construir un verdadero drama musical, que no seguía las tradicionales (y esperadas) convenciones de la ópera italiana (recitativos, arias, números concertantes, etc.).
El texto de Piave se basó en una traducción en prosa de Carlo Rusconi que se había publicado en Turín en 1838. Verdi no encontró la obra original de Shakespeare hasta después de la primera representación de la ópera, aunque había leído a Shakespeare traducido desde hacía años, como señaló en una carta del año 1865: "Es uno de mis poetas favoritos. Lo tengo en mis manos desde mi más temprana juventud".
Escribiendo a Piave, Verdi dejó claro cuán importante le resultaba este tema: "...Esta tragedia es una de las grandes creaciones humanas... Si no podemos sacar algo grande de ella, al menos intentemos hacer algo extraordinario". A pesar de desacuerdos y de la necesidad de Verdi de corregir constantemente los borradores de Piave (hasta el punto de que Maffei participó en la reescritura de algunas escenas del libreto, especialmente el coro de brujas del Acto III y la escena de sonambulismo, [] su versión sigue la obra de Shakespeare de manera bastante estrecha, pero con algunos cambios. En lugar de usar tres brujas como en la obra, hay un gran coro femenino, cantando en una armonía de tres partes. El último acto empieza con una asamblea de refugiados en la frontera inglesa, y, en la versión revisada, acaba con un coro de bardos celebrando la victoria sobre el tirano.


En el siguiente enlace María Callas interpreta la primera de las arias dedicadas a Lady Macbeth: "Nel di della vittoria" La áspera voz de la Callas cumple con el ideal estético que pretendía Verdi para la intérprete de este violento personaje.


Maria Callas como Lady Macbeth 1952
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sábado, 20 de abril de 2013

Giuseppe Verdi - Su vida y su obra - Capítulo II

Este es el segundo de una serie de apuntes preparados para un taller dedicado a la maravillosa obra de Giuseppe Verdi en conmemoración de los 200 años de su nacimiento
 Margherita Barezzi y Giuseppe Verdi en los tiempos de Nabucco

Del fracaso al éxito.

 
Dado el éxito de Oberto, que permaneció en cartel durante toda la temporada de otoño, el empresario Merelli ofreció a Verdi un contrato al que el propio músico llamaría “una proposición fastuosa para la época”. Consistía en la composición de tres nuevas óperas a razón de cuatro mil liras austriacas por cada una, además de los beneficios de la venta de partituras que compartirían a medias.

También es muy importante el acuerdo con la casa impresora Ricordi.

Merelli se empecina en que escribiera una ópera bufa, de todos los libretos que el empresario le propone, Verdi elige el menos malo: Il finto Stanislao de Felice Romani, que se transformará en: Un giorno di Regno.

En la primavera de 1840 empezó a trabajar en su 2º opera, pero a mediados de Julio, Ghita (que se llamaba familiarmente a Margherita) enfermó gravemente- los médicos diagnosticaron una encefalitis- tras 5 o 6 días de sufrimiento el 18 de junio muere a los 26 años Margherita Barezzi.

Verdi se refugia en Busseto, sumido en una depresión profunda, con el deseo de dejarse estar en un rincón oscuro, sin conexión con el mundo.

Verdi comunica a Merelli que no terminaría su ópera, aunque los ensayos estaban previstos para comenzar en Agosto.

Merelli no acepta la rotura del contrato, ni siquiera un aplazamiento, por lo que Verdi regresa a Milán, al mismo escenario de su drama personal. Un giorno di Regno. Fue estrenada en el Teatro alla Scala de Milán el 5 de septiembre de 1840.

Un giorno di regno es la primera ópera cómica que ensayó Verdi. Fue un completo fracaso.
Merelli acepta rescindir el contrato, pero lo anima a continuar, dejando a Verdi la puerta abierta de La Scala.
Verdi que ha perdido todo interés en sí mismo y en su incipiente carrera, pasa las horas muertas leyendo novelas baratas, una tras otra.

Merelli, el sagaz y despótico empresario, el hombre que va a los suyo, es en este momento terrible de la vida de Verdi, quien más lo ayuda a salir de su rincón oscuro. Con artimañas le entrega un libreto que otro compositor rival de Verdi había rechazado, proponiéndole que lo leyese para darle su opinión que confirmaría lo errado del rechazo por parte de Nicolay.

El libreto de Temistocle Solera de tema bíblico se llamaba Nabucodonosor.

Pero el Verdi que iba a componer Nabucco era un hombre distinto del de unos meses antes. Como tantas veces ocurre, el dolor le había hecho madurar en todos los sentidos: como ser humano, el nuevo Verdi tenia las ideas mucho más claras, y había dejado atrás las vacilaciones del pasado, esa cierta docilidad con la que parecía haberse sometido hasta entonces a los deseos de otros. También era un hombre con un sentimiento pesimista de la vida-comprensible después de su terrible experiencia- que con más o menos intensidad, según los momentos, ya no lo abandonaría nunca.

Como creador, empezaba a encontrar su verdadero camino, su expresión más auténtica, la que lo convertiría, a partir de su siguiente ópera, en un compositor personalísimo e inimitable.

La composición emprendida casi a regañadientes dio como resultado una obra que cautivó a toda Italia. En el estreno, el papel de Abigaille fue interpretado por Giuseppina Strepponi, quien se convertiría en compañera sentimental y luego esposa de Verdi.

NABUCCO Fue estrenada el 9 de marzo de 1842 en La Scala de Milán.

El éxito se debe en parte a las cualidades musicales de la obra y en parte a la asociación que hacía el público entre la historia del pueblo judío y las ambiciones nacionalistas de la época. Uno de los símbolos que utilizó, para reforzar el ideal independentista fue el coro  como símbolo de la presencia del pueblo. El número más conocido de la ópera es el "Coro de los esclavos judíos," Va, pensiero, sull'ali dorate / "Vuela, pensamiento, en alas doradas." En su época, los italianos lo asimilaron como un canto contra la opresión extranjera en que vivían.
En el siguiente enlace encontrareis el Coro de los esclavos judíos, conocido por las palabras con las que comienza: "Va pensiero, sull´ali dorate"

 
Entre las amistades que las felices circunstancias ofrecieron a Verdi, prefirió las de hombres que se habían distinguido por sus méritos literarios o científicos, con ideas francesas, que se fueron transformando poco a poco en la base económica, social y política de la revolución italiana.
Entre ellos Andrea Maffei, poeta, traductor, ensayista y periodista.
La esposa de este, la condesa Maffei. Su famoso salón comenzó en 1834.
Entre los que acudían al salón están.
Oprandino Arrivabene, Director de un importante periódico teatral.
Giulio Carcano, poeta y traductor. Traducirá la obra completa de Shakespeare y se las enviará a Verdi a lo largo de los años a medida que iban apareciendo.
Condesa Maffei y su esposo el poeta Andrea Maffei
El enorme éxito de Nabucco (se repone en la Scala con 57 representaciones seguidas) instala a Verdi entre los compositores de moda: Donizetti, Mercadante, Pacini o Luigi Ricci.
Merelli le comunica que la dirección del teatro le encarga la ópera d´obligo para la próxima temporada, ofreciéndole un contrato en blanco: “después de un éxito como el suyo no puedo fijar las condiciones”
Verdi sorprendido consulta con Giuseppina Strepponi, recibiendo el consejo de aprovechar su buena suerte pero que a su vez no era razonable que pidiera más de lo que había cobrado Bellini por su ópera Norma: 8.000 liras Austriacas. La propuesta fue aceptada por el empresario y el 11 de febrero de 1843 se estrena, I lombardi.
El éxito supero las expectativas que ya eran superlativas. Verdi conseguía reeditar el éxito de Nabucco con la misma vena patriótica.
En los siguientes 20 años se mantuvo el éxito y es la primera obra que lleva a Paris, adaptándola al francés con el nombre de Jerusalem.
 
El 20 de marzo de 1843 inicia su primer viaje a Viena donde recibe el elogio de Donizetti tras las 20 representaciones de Nabucco.
En Mayo viaja a Venecia para el estreno de I Lombardi en La Fenice. Esta será la primera relación con el teatro veneciano y también su encuentro con el joven poeta y músico Francesco María Piave, con cuya colaboración subirá a escena su quinta ópera: Ernani
Francesco María Piave
Verdi, después de “I Lombardi”, quiso avanzar hacia un nuevo objetivo: la creación de personajes con caracteres psicológicamente más elaborados. Para intentar alcanzar su deseo, solicitó de su nuevo libretista Francesco María Piave- por entonces un novato en el oficio- que se eliminara de Ernani (primera ópera donde Verdi pudo elegir argumento) cualquier cosa superflua, dejando bien clara y perceptible la acción. Por tanto el compositor se involucró en el guion y dejó al poeta la redacción de los versos: del encadenamiento de los hechos, él sería prácticamente el responsable. Merece destacarse que Ernani es la primera ópera con “tema español”, aspecto que va a ser bastante recurrente en su producción.
Elegir como argumento un drama de Víctor Hugo tenía desde luego su importancia. Hoy día y con perspectiva histórica, nos podemos dar cuenta de la preocupación del compositor por la base literaria de sus obras. Es un tema que llegaría a obsesionarle. Recordemos que trabajó con piezas de Shakespeare, Schiller, Dumas, el Duque de Rivas, García Gutiérrez y lord Byron. Obras que, en su mayor parte, están encuadradas en el pleno romanticismo con todas las características que ello conlleva. Víctor Hugo era un poeta maldito, un vanguardista cuyas obras se consideraban subversivas e inmorales. Además el hecho de que un bandido fuera el protagonista de una ópera era algo casi inconcebible para la época.
Su argumento- a diferencia de Nabucco e I Lombardi- no estimulaba el fervor patriótico pero hay un momento del coro (Si ridesti il leon di Castiglia- que despierte de nuevo el león de Castilla) que pronto se transformó popularmente en (“Si ridesti il leon di Venezia”). También la célebre aria inicial de Elvira (“Ernani! Ernani, involami”) se tomaría- según cuenta la tradición bastantes años después- como un ruego a la joven Italia para que Víctor Manuel, rey del Piamonte, la liberara del abrazo aborrecido del Imperio Austro-Húngaro.
Este éxito le permite volver a Busseto para comprar algunas propiedades, que pone en manos de sus padres. Muy pronto regresara a Milán con un joven protegido de Barezzi tal como lo fuera el algunos años antes. Este joven músico: Emanuele Muzio se convertirá en su alumno y asistente y será un apoyo importante durante los años siguientes (años de galera) en los que Verdi desarrollara una actividad febril que le dará buenos dividendo pero poco tiempo para la reflexión.