jueves, 23 de mayo de 2013

Richard Wagner: 22 mayo 1813 - 22 mayo 2013


Como homenaje a los 200 años del nacimiento de uno de los más grandes genios de la música, transcribo un artículo preparado por Gustavo Fernandez Walker

La Revolución sin descanso


A doscientos años del nacimiento del influyente músico alemán, su nombre continúa siendo objeto de devoción, rechazo y discusiones interminables. Su obra, ligada en el imaginario colectivo a la utilización que el nazismo hizo de ella, admite constantes reinterpretaciones, como la del filósofo francés Alain Badiou que califica a la música de Wagner como “liberadora” para el mundo actual.


 

En las afueras de Leipzig, a unos pocos minutos del centro histórico de la ciudad –una ciudad poblada de referencias culturales, de la música de Bach, Mendelssohn o Schumann a la Taberna de Auerbach en la que, según Goethe, el Dr. Fausto y el mismísimo Demonio iban de copas–, es posible visitar uno de los monumentos más imponentes y enigmáticos de Europa: hasta su propio nombre, para los extranjeros, parece un desafío casi tan abrumador como los 500 escalones que conducen a la cúspide. Se trata del Völkerschlachtdenkmal, o Monumento de la Batalla de las Naciones, erigido en 1913 para celebrar el centenario del triunfo de las tropas prusianas y rusas sobre el ejército napoleónico y sus aliados.

La batalla tuvo lugar en octubre de 1813, muy cerca de la casa en la que unos meses antes, el 22 de mayo, había nacido Richard Wagner. La coincidencia podría ser un dato anecdótico, pero lo cierto es que, en los cien años que transcurrieron entre la Batalla de las Naciones y la erección de su monumento, Alemania pasó de ser un agregado de reinos y estados dispersos a una potencia en plena expansión, al borde de lo que, utópicamente, se llamaría “Ultima Gran Guerra”. Y la vida y la obra de Wagner no sólo se desarrollaron sobre ese telón de fondo: también fueron, a su modo, símbolo de esa transformación y parte del combustible que la motorizó. La obra de Wagner, tantas veces comparada con La fundición de acero (1875) de Adolph von Menzel, es más que un reflejo de la consolidación de Alemania como una potencia: allí donde Menzel refleja el vientre de la ballena, la contemporánea tetralogía El anillo del nibelungo (1876) elabora un relato de aliento épico que, a partir de un presente turbulento, reconstruye un pasado mítico y anuncia un utópico futuro.

La genialidad de Wagner, lo que hace que hoy, a doscientos años de su nacimiento, su nombre continúe siendo objeto de devoción, rechazo, discusiones interminables y permanente reinterpretación de su obra, reside en la profunda ambigüedad que atraviesa todas sus creaciones y hasta su propia biografía.

Sus contradicciones son, en realidad, las de Alemania y, más aún, las de toda Europa: las ya habituales polémicas ante cada nueva producción demuestran que su figura continúa siendo una herida abierta, tan difícil de cerrar como la del rey Amfortas en la última y más problemática de sus óperas. Desde su primera creación para la escena, Las hadas (1833) hasta Parsifal (1882), las obras de Wagner están protagonizadas siempre por personajes escindidos, tironeados por dos universos enfrentados, torturados por un quiebre interior, para los que la elección de uno de esos polos opuestos conduce invariablemente a la muerte. Como ninguna otra creación del siglo XIX, la música de Wagner pone de manifiesto de manera desgarradora la tensión interior de sus personajes: por cierto, no fue Wagner el que “inventó” el uso expresivo del cromatismo, de la tensión armónica y de la postergación de la resolución de la disonancia. Pero sin ninguna duda fue el maestro absoluto en la elaboración de todo un programa estético a partir de esos recursos.

El tercer acto de Tristán e Isolda (1865) es emblemático: durante casi una hora lo único que vemos sobre el escenario es el héroe herido, delirando por la fiebre, la nostalgia y la culpa. Tristán está esperando el regreso de Isolda, y nosotros somos testigos de esa interminable espera. La música que refleja la agitación afiebrada de Tristán está entre lo más revolucionario que escribió Wagner: pero, cuando la tensión se hace insostenible, llega el reposo. Es el típico recurso por el cual Wagner recibió de Nietzsche la acusación de “viejo hechicero”: todo fue apenas un truco mediante el cual se postergó la gratificación. Cuando se interpreta en versión de concierto el preludio de Tristán e Isolda seguido por la “muerte de amor”, queda de manifiesto hasta qué punto una es la resolución del otro. Como si se vieran sucesivamente el primero y el último capítulo de una telenovela, uno se pregunta si no podría haberse ahorrado las cuatro horas de ópera que median entre el ambiguo acorde inicial y la caída del telón.

Desde ya, las cosas no son tan sencillas. Por lo pronto, en el caso de Tristán e Isolda , la resolución es engañosa. Después de la larga agonía del tercer acto, Tristán muere inmediatamente, apenas advierte el regreso de su amada. El final de la espera coincide, para él, con el instante de la muerte. Pero la obra continúa: falta aún el perdón del rey y la “muerte de amor” de Isolda. Ese final resuelve la tensión que había abierto el acorde inicial cuatro horas antes, pero la verdadera resolución de la historia se posterga una vez más: el reencuentro de Tristán e Isolda se proyecta en un más allá que se prolonga en la oscuridad que le sigue a la caída del telón. Toda la ópera no es sino la manifestación sensible de esa palabra tan difícil de traducir a otros idiomas y que los alemanes llaman Sehnsucht. El sentimiento romántico por excelencia: la nostalgia que genera, al mismo tiempo, un dolor infinito y un infinito placer. La melancolía como una de las bellas artes.

Lo cual conduce a otro aspecto de la revolución wagneriana: la dimensión de sus creaciones. ¿Por qué –se preguntan muchos– las óperas de Wagner duran entre cuatro o cinco horas? Hasta las excepciones a la regla, las obras que duran apenas dos horas y media ( El holandés errante y El oro del Rin ), no tienen intervalos, como para que, si no son tan extensas, al menos lo parezcan. Esa extensión es fundamental para que la obra surta su efecto: mediante recursos dramáticos y musicales, Wagner provoca la total alteración de nuestra percepción del tiempo. La indefinida postergación de la resolución reduce la obra a la pura tensión entre los opuestos: sensualidad y ascetismo, fidelidad y traición, sueño y vigilia, realidad y apariencia, revolución y restauración. Wagner parece dilatar al máximo el momento de la elección entre esos opuestos porque, en el fondo, no quiere elegir. El aparente estatismo de la obra de Wagner es un espejismo producido por pequeñas y permanentes transformaciones.

Parsifal es la obra emblemática al respecto: durante la transformación del primer acto, Gurnemanz declara que allí “el tiempo se convierte en espacio”. En el tercer acto, cuando Parsifal regrese, ya adulto, a la comunidad de Grial, no sabremos exactamente cuánto tiempo transcurrió, como tampoco sabemos cuánto tiempo estuvo dormida Brunilda en la roca de las Walkyrias, ni cuánto tiempo pasó Tannhäuser en el Venusberg. Sabemos que pasaron siete años desde la última estadía del Holandés en tierra firme, pero no sabemos cuántas veces pasaron, antes, otros siete años. El propio final de la tetralogía, que, como en todo anillo, coincide con su comienzo –las ninfas jugando con el oro entre las aguas–, sugiere que todo ese relato épico puede haberse repetido desde siempre, en un loop permanente.

De ahí que cuando se habla de la importancia del mito en la obra de Wagner no alcance con señalar los libretos de sus óperas, la elección de los personajes y las situaciones. No se trata de obras protagonizadas por personajes mitológicos, sino de esfuerzos por crear un lenguaje musical que sea, él mismo, mítico. Relatar las historias y los símbolos ocultos en los dramas de Wagner puede resultar interesante, pero no permite apreciar en dónde reside la importancia del proyecto wagneriano. La revolución musical producida por Wagner fue de tal magnitud que no sólo toda Europa cayó bajo su influjo –basta con mirar la escena musical de fines del siglo XIX en Francia, Inglaterra, España o Rusia para ver hasta qué punto la fiebre wagneriana se había difundido por todo el continente, e incluso había atravesado el océano para instalarse en América–; en cierto sentido, todavía hoy estamos viviendo bajo los efectos de esa revolución.

En su juventud, Wagner había escapado de lo que para él era el irrespirable ambiente provinciano de las ciudades alemanas, para probar fortuna en París. La traumática experiencia en la capital francesa le inspiró un nuevo propósito: redescubrir su “germanidad” y volver a su tierra para crear allí un ambiente propicio para el desarrollo de su obra. Paradójicamente, lo que antes era visto como una carencia, ahora se presentaba como una oportunidad. “Alemania” era más una idea que una realidad, y el propósito de Wagner era que la realidad se ajustara a sus ideales. El instrumento emancipador de la sociedad, la herramienta con la que el demiurgo Wagner quiso construir su Alemania, debía ser el drama musical. Las referencias a “la obra de arte del futuro” en la literatura wagneriana aluden a ese elemento fundacional.

Hay, desde luego, un componente megalómano en el asunto, y casi todos los contemporáneos que dejaron testimonios de la personalidad wagneriana dan cuenta de su irrefrenable manía de hablar de sí mismo, de sus proyectos, de intervenir en los debates públicos mediante panfletos incendiarios y participar en cuanta revuelta se generara en la convulsionada Europa de mediados del siglo XIX. Pero lo sorprendente de la megalomanía wagneriana es que si, por definición, una utopía es la negación misma de un lugar ( tópos ) en el que realizarse, Wagner encontró, en Bayreuth, el lugar perfecto para su utopía, que todavía hoy continúa funcionando.

En efecto, Bayreuth es la palabra capaz de concentrar en sí todas las contradicciones, toda la fascinación y el rechazo que produce el proyecto wagneriano. La desmesura de ese proyecto contrasta con la austeridad espartana del teatro y de la ciudad misma. Su ubicación, en el corazón de Baviera, alejada de las grandes urbes, transforma la mera visita a la ciudad en una suerte de peregrinación. La intención de que Parsifal se interpretara únicamente en el teatro de los festivales terminaba de conferirle ese aura ritual, casi mística, a toda la obra de Wagner, y no sólo a su última creación. La “obra de arte total” incluía también la gestualidad del oficio religioso como aspiración a la trascendencia.

Lo que se escondía allí era un proyecto pedagógico: una politización de lo estético acorde a la incipiente sociedad de masas. En ese sentido, el proyecto wagneriano fracasó: las masas, para las que las funciones en el teatro de los Festivales serían subvencionadas por el Estado, nunca se acercó a Bayreuth. Casi desde el comienzo, el Festival se convirtió en lo que es todavía hoy: un acontecimiento seguido con atención en todo el mundo, pero al que sólo logran asistir unos pocos elegidos. Con todo, la intuición wagneriana del espectáculo de masas logró imponerse, incluso más allá de las fronteras de Alemania, al punto de que toda la política del siglo pasado puede ser entendida como una subversión (o, según otros, el cabal cumplimiento) del ideal wagneriano, reformulado ahora como estetización de la política.

Este es, sin duda, el aspecto más problemático de la figura de Wagner: su sombra proyectada sobre el siglo XX y hasta nuestros días. No deja de ser sintomático que “el caso Wagner” haya involucrado a filósofos como Nietzsche, Heidegger, Adorno, Benjamin o, en la actualidad, Alain Badiou o Zizek. Cuando Zizek afirmó que “quien no quiere hablar sobre Bayreuth, debe callar sobre Europa”, su exageración retórica escondía una realidad: Wagner es, todavía hoy, un “problema” en el sentido filosófico del término. Una cuestión a ser abordada, un interrogante que no pierde su actualidad o su urgencia.

La mención de Bayreuth por parte de Zizek remite al lugar que ocupaba Auschwitz en la filosofía de Adorno: el punto de quiebre en la historia de Europa. El “caso Wagner” es, en cierto modo, el interrogante por la línea que une ambos puntos. El problema es complejo, porque en él se conjugan cuestiones muy diversas: desde el antisemitismo wagneriano hasta la estrecha relación de los descendientes de Wagner con el propio Hitler, quien había planeado, una vez ganada la guerra, transformar Bayreuth en un gigantesco altar en el que celebrar los “Festivales de la Paz”. Es precisamente la asociación entre la obra de Wagner y el régimen nazi lo que decidió el boicot de la Orquesta Filarmónica de Israel hacia la música de Wagner, después de la Kristallnacht de 1938. En los primeros años, bajo la dirección de Arturo Toscanini –un habitual invitado a Bayreuth por entonces– la Filarmónica de Israel había interpretado música de Wagner sin problemas (todavía hoy, si bien por otras razones, resulta más fácil conseguir discos de Wagner en Israel que en la Argentina). La reciente cancelación de una producción de Tannhäuser en Düsseldorf, plagada de simbología nazi, demuestra que el problema dista mucho de estar saldado.

El documental Wagner & Me (2010), del actor británico Stephen Fry, aborda la “cuestión Wagner” de manera personal: Fry intenta conciliar su herencia judía con su fascinación por la música de Wagner, y culmina su búsqueda con una traumática e iluminadora peregrinación a Bayreuth. La primera persona es el principal hallazgo del documental: la llaga que significa la obra de Wagner es única e intransferible, se experimenta en un plano íntimo, a pesar de que toda la idea wagneriana de la “obra de arte total” esté pensada como experiencia colectiva. Como en una larga tradición muy presente en lo que se llamó “mística alemana” (aunque no se origina ni se agota en ella), la redención del individuo está indisolublemente asociada a la redención de toda la comunidad.

La importancia del arte como elemento redentor en la obra de Wagner es otra de sus características, muchas veces señalada. En Tannhäuser , cuyo título original iba a ser El monte de Venus (sus amigos convencieron a Wagner de cambiarlo, para evitar las bromas soeces), la disputa entre el ideal de castidad asociado al universo cristiano opuesto a una sexualidad amenazante, a la vez territorio de perdición y de deleite, se manifiesta en un concurso de canto entre trovadores medievales.

En Los maestros cantores de Nürnberg , otra obra con un certamen de canto como eje dramático, lo que está en disputa no es otra cosa que la idea misma de nación alemana. El final de la obra declara explícitamente este programa: “aun si el Sacro Imperio Romano-Germánico llegara algún día a disolverse, el sagrado arte alemán logrará sobrevivir para siempre”. En una reciente producción de la Opera de Nürnberg, el coro cantaba estos versos mientras agitaba las banderas de la Unión Europea, como si el director de escena quisiera diluir el componente nacionalista apelando al concierto de las naciones. Desde luego, el efecto fue el contrario, e involuntariamente más perturbador: las banderas azules contrastaban con las palabras del coro, evocando en el espectador la imagen de una Europa en la que Alemania ejerce hoy un papel disciplinador. En los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, ese final no se cantaba: la ecuación Alemania = Arte + Imperio sonaba demasiado disonante para los oídos europeos.

La incomodidad que aún se percibe en el público cuando se cantan esos versos finales es similar a la que despierta en el visitante, alemán o extranjero, al Monumento a la Batalla de las Naciones. Es casi imposible no pensar en la obra de Wagner al entrar en esa intimidante estructura, a la vez fascinante y repulsiva. No ver a Fafner, a Fasolt o a los guardianes del Grial en las desmesuradas esculturas de su interior. Una estrecha escalera de piedra conduce a la terraza, desde la que se puede ver, en un golpe de ojo, la ciudad de Leipzig. Como en la última visión del Dr. Fausto, la obra de Wagner produce, todavía hoy, ese mismo vértigo.

sábado, 27 de abril de 2013

Giuseppe Verdi - Su vida y su obra - Capítulo III


Este es el tercero de una serie de apuntes preparados para un taller dedicado a la maravillosa obra de Giuseppe Verdi en conmemoración de los 200 años de su nacimiento
 
 
AÑOS DE GALERA


El propio Verdi acuñaría este término, para referirse a esos años en los que debía componer a fechas forzadas, para cumplir con los múltiples compromisos a los que el éxito lo empujaba.

Entre el estreno de Ernani y la Battaglia di Legnano (1849) Verdi compuso constantemente. – Sólo Jerusalem fue reelaboración de una partitura anterior-
En estos febriles años tuvo que ocuparse de Contratos, Caducidad de plazos, Correspondencia, Composición, Orquestación, Cantantes, Directores, Editores, Empresarios, enemigos y personas de buena voluntad. Todo compaginado con una agotadora agenda de viajes. Muzio lo aliviaría al menos de una parte de ese trabajo.
Antes de finales de mayo del 44 más de 20 teatros de Italia y otros en Paris y Londres, habían pedido Ernani; Durante los 3 años siguientes la ópera fue producida de Constantinopla a Rio de Janeiro y La Habana. De Copenhague a Argelia.
En 1844 se estrenó en 32 teatros.
En 1845 se estrenó en 60 teatros.
En 1846 se estrenó en 65 teatros, más las reposiciones en los teatros donde se había estrenado anteriormente.
 
La firme decisión de Verdi de ganarse un espacio entre los grandes compositores de ópera y la de hacerse de una abultada cartera que lo alejase definitivamente de la pobreza y por ello de la falta de libertad, hacen que el joven y exitoso Giuseppe dedique su vida de aquellos años al trabajo. Estos serán llamados los “ anni di galera” por el propio Verdi. El esfuerzo continuado se reflejará en su salud, contantemente aquejado de dolores de estómago y de garganta. Su jornada de trabajo comenzaba generalmente a las 4 de la mañana sentado frente a la mesa, con sus partituras hasta las 4 de la tarde, la mayoría de las veces con solo un café en el cuerpo.
En este esfuerzo le ayudan también, sin lugar a dudas, su rapidez componiendo y orquestando. Una rapidez que él mismo consideraba un bien necesario, y que es, como señala buena parte de la crítica, una de sus mayores virtudes. A Verdi, melodía y acompañamiento se le ocurrían a un tiempo, algo que se ve claramente es sus partituras manuscritas. Según sus propias palabras: “la idea del motivo musical y su acompañamiento instrumental se me vienen a la mente al completo y sobre todo siento si debe ser una nota de un violín o de una flauta. La dificultad está en escribirlo todo lo suficientemente rápido, para poder así expresar el pensamiento musical en su integridad, tal cual ha llegado a la mente.
Sin embargo, él mismo reconocía una y otra vez, que hasta llegar a ese momento, era preciso haber madurado antes mentalmente la idea de la ópera, el colorido general, el carácter particular de cada personaje. Lo malo es que, en los “años de galera”, esa maduración no siempre tuvo lugar
·         I due Foscari (Teatro Argentina de Roma, 3 de noviembre de 1844) — Tragedia lírica en tres actos de Francesco María Piave.
·         Giovanna d'Arco (Teatro La Scala de Milán, 15 de febrero de 1845) — Drama lírico en un prólogo y tres actos de Temistocle Solera.
·         Alzira (Teatro San Carlo de Nápoles, 12 de agosto de 1845) — Tragedia lírica en un prólogo y dos actos de Salvatore Cammarano.
Superado ese bache el compositor remonto su nivel dramático en:
·         Attila (Teatro La Fenice de Venezia, 17 de marzo de 1846) — Drama lírico en un prólogo y tres actos de Temistocle Solera.


 

La composición de Attila no fue fácil, instalado en Venecia en Diciembre de 1845, el compositor enfermó gravemente, afectado por fuertes dolores reumáticos y una intensa fiebre de origen gástrico. Llegaron a correr rumores de su muerte y se vio obligado a interrumpir su trabajo durante algunas semanas, pero en cuanto se sintió un poco mejor  volvió a escribir, a pesar de que los médicos le habían aconsejado  seis meses de reposo para su agotado organismo.
Los meses posteriores al estreno de Attila fueron una época de cierto descanso para Verdi. Todavía muy débil a causa de su enfermedad, presto atención a los consejos de los médicos y a su vuelta a Milán se dedicó a reposar y recuperarse.
Quizá aquel breve descanso facilitara en mayor acercamiento a Giuseppina Strepponi, que habiendo dado por concluida su carrera como cantante, abriría ese mismo año, una escuela de canto en Paris, donde transmitía su conocimiento del nuevo estilo de canto verdiano, en la medida que este se iba desarrollando.
Entre las muchas transformaciones que el compositor impuso en la opera italiana, una de las más importantes fue sin duda la de la concepción y el uso de la voz. Desde Monteverdi – desde el origen por tanto de la ópera-, la voz humana había sido tratada en la ópera, como un instrumento bellísimo, pero como un instrumento sólo melódico, de gran delicadeza y, por eso mismo, limitado en sus posibilidades expresivas. Era la tradición del bel canto, que llegó a sus últimas cimas con Bellini, y en la que lo único importante era la melodía.
Pero Verdi transformó la voz, liberándola de esa esclavitud virtuosística, tratándola como un instrumento a cuyas extraordinarias posibilidades melódicas se unían también las dramáticas.
Se afirman cambios estilísticos, el lento adiós al belcantismo:
Macbeth (Teatro La Pergola, 14 de marzo de 1847) — Melodrama en cuatro partes de Francesco María Piave.
La primera versión de Macbeth la terminó en la mitad de lo que Verdi llamó sus "años de galera". Desde 1842 a 1850, este período vio al compositor producir 14 óperas, pero para los estándares de casi todas las óperas italianas de los primeros cincuenta años del siglo XIX, Macbeth era muy insólita. Verdi intentó aquí construir un verdadero drama musical, que no seguía las tradicionales (y esperadas) convenciones de la ópera italiana (recitativos, arias, números concertantes, etc.).
El texto de Piave se basó en una traducción en prosa de Carlo Rusconi que se había publicado en Turín en 1838. Verdi no encontró la obra original de Shakespeare hasta después de la primera representación de la ópera, aunque había leído a Shakespeare traducido desde hacía años, como señaló en una carta del año 1865: "Es uno de mis poetas favoritos. Lo tengo en mis manos desde mi más temprana juventud".
Escribiendo a Piave, Verdi dejó claro cuán importante le resultaba este tema: "...Esta tragedia es una de las grandes creaciones humanas... Si no podemos sacar algo grande de ella, al menos intentemos hacer algo extraordinario". A pesar de desacuerdos y de la necesidad de Verdi de corregir constantemente los borradores de Piave (hasta el punto de que Maffei participó en la reescritura de algunas escenas del libreto, especialmente el coro de brujas del Acto III y la escena de sonambulismo, [] su versión sigue la obra de Shakespeare de manera bastante estrecha, pero con algunos cambios. En lugar de usar tres brujas como en la obra, hay un gran coro femenino, cantando en una armonía de tres partes. El último acto empieza con una asamblea de refugiados en la frontera inglesa, y, en la versión revisada, acaba con un coro de bardos celebrando la victoria sobre el tirano.


En el siguiente enlace María Callas interpreta la primera de las arias dedicadas a Lady Macbeth: "Nel di della vittoria" La áspera voz de la Callas cumple con el ideal estético que pretendía Verdi para la intérprete de este violento personaje.


Maria Callas como Lady Macbeth 1952
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sábado, 20 de abril de 2013

Giuseppe Verdi - Su vida y su obra - Capítulo II

Este es el segundo de una serie de apuntes preparados para un taller dedicado a la maravillosa obra de Giuseppe Verdi en conmemoración de los 200 años de su nacimiento
 Margherita Barezzi y Giuseppe Verdi en los tiempos de Nabucco

Del fracaso al éxito.

 
Dado el éxito de Oberto, que permaneció en cartel durante toda la temporada de otoño, el empresario Merelli ofreció a Verdi un contrato al que el propio músico llamaría “una proposición fastuosa para la época”. Consistía en la composición de tres nuevas óperas a razón de cuatro mil liras austriacas por cada una, además de los beneficios de la venta de partituras que compartirían a medias.

También es muy importante el acuerdo con la casa impresora Ricordi.

Merelli se empecina en que escribiera una ópera bufa, de todos los libretos que el empresario le propone, Verdi elige el menos malo: Il finto Stanislao de Felice Romani, que se transformará en: Un giorno di Regno.

En la primavera de 1840 empezó a trabajar en su 2º opera, pero a mediados de Julio, Ghita (que se llamaba familiarmente a Margherita) enfermó gravemente- los médicos diagnosticaron una encefalitis- tras 5 o 6 días de sufrimiento el 18 de junio muere a los 26 años Margherita Barezzi.

Verdi se refugia en Busseto, sumido en una depresión profunda, con el deseo de dejarse estar en un rincón oscuro, sin conexión con el mundo.

Verdi comunica a Merelli que no terminaría su ópera, aunque los ensayos estaban previstos para comenzar en Agosto.

Merelli no acepta la rotura del contrato, ni siquiera un aplazamiento, por lo que Verdi regresa a Milán, al mismo escenario de su drama personal. Un giorno di Regno. Fue estrenada en el Teatro alla Scala de Milán el 5 de septiembre de 1840.

Un giorno di regno es la primera ópera cómica que ensayó Verdi. Fue un completo fracaso.
Merelli acepta rescindir el contrato, pero lo anima a continuar, dejando a Verdi la puerta abierta de La Scala.
Verdi que ha perdido todo interés en sí mismo y en su incipiente carrera, pasa las horas muertas leyendo novelas baratas, una tras otra.

Merelli, el sagaz y despótico empresario, el hombre que va a los suyo, es en este momento terrible de la vida de Verdi, quien más lo ayuda a salir de su rincón oscuro. Con artimañas le entrega un libreto que otro compositor rival de Verdi había rechazado, proponiéndole que lo leyese para darle su opinión que confirmaría lo errado del rechazo por parte de Nicolay.

El libreto de Temistocle Solera de tema bíblico se llamaba Nabucodonosor.

Pero el Verdi que iba a componer Nabucco era un hombre distinto del de unos meses antes. Como tantas veces ocurre, el dolor le había hecho madurar en todos los sentidos: como ser humano, el nuevo Verdi tenia las ideas mucho más claras, y había dejado atrás las vacilaciones del pasado, esa cierta docilidad con la que parecía haberse sometido hasta entonces a los deseos de otros. También era un hombre con un sentimiento pesimista de la vida-comprensible después de su terrible experiencia- que con más o menos intensidad, según los momentos, ya no lo abandonaría nunca.

Como creador, empezaba a encontrar su verdadero camino, su expresión más auténtica, la que lo convertiría, a partir de su siguiente ópera, en un compositor personalísimo e inimitable.

La composición emprendida casi a regañadientes dio como resultado una obra que cautivó a toda Italia. En el estreno, el papel de Abigaille fue interpretado por Giuseppina Strepponi, quien se convertiría en compañera sentimental y luego esposa de Verdi.

NABUCCO Fue estrenada el 9 de marzo de 1842 en La Scala de Milán.

El éxito se debe en parte a las cualidades musicales de la obra y en parte a la asociación que hacía el público entre la historia del pueblo judío y las ambiciones nacionalistas de la época. Uno de los símbolos que utilizó, para reforzar el ideal independentista fue el coro  como símbolo de la presencia del pueblo. El número más conocido de la ópera es el "Coro de los esclavos judíos," Va, pensiero, sull'ali dorate / "Vuela, pensamiento, en alas doradas." En su época, los italianos lo asimilaron como un canto contra la opresión extranjera en que vivían.
En el siguiente enlace encontrareis el Coro de los esclavos judíos, conocido por las palabras con las que comienza: "Va pensiero, sull´ali dorate"

 
Entre las amistades que las felices circunstancias ofrecieron a Verdi, prefirió las de hombres que se habían distinguido por sus méritos literarios o científicos, con ideas francesas, que se fueron transformando poco a poco en la base económica, social y política de la revolución italiana.
Entre ellos Andrea Maffei, poeta, traductor, ensayista y periodista.
La esposa de este, la condesa Maffei. Su famoso salón comenzó en 1834.
Entre los que acudían al salón están.
Oprandino Arrivabene, Director de un importante periódico teatral.
Giulio Carcano, poeta y traductor. Traducirá la obra completa de Shakespeare y se las enviará a Verdi a lo largo de los años a medida que iban apareciendo.
Condesa Maffei y su esposo el poeta Andrea Maffei
El enorme éxito de Nabucco (se repone en la Scala con 57 representaciones seguidas) instala a Verdi entre los compositores de moda: Donizetti, Mercadante, Pacini o Luigi Ricci.
Merelli le comunica que la dirección del teatro le encarga la ópera d´obligo para la próxima temporada, ofreciéndole un contrato en blanco: “después de un éxito como el suyo no puedo fijar las condiciones”
Verdi sorprendido consulta con Giuseppina Strepponi, recibiendo el consejo de aprovechar su buena suerte pero que a su vez no era razonable que pidiera más de lo que había cobrado Bellini por su ópera Norma: 8.000 liras Austriacas. La propuesta fue aceptada por el empresario y el 11 de febrero de 1843 se estrena, I lombardi.
El éxito supero las expectativas que ya eran superlativas. Verdi conseguía reeditar el éxito de Nabucco con la misma vena patriótica.
En los siguientes 20 años se mantuvo el éxito y es la primera obra que lleva a Paris, adaptándola al francés con el nombre de Jerusalem.
 
El 20 de marzo de 1843 inicia su primer viaje a Viena donde recibe el elogio de Donizetti tras las 20 representaciones de Nabucco.
En Mayo viaja a Venecia para el estreno de I Lombardi en La Fenice. Esta será la primera relación con el teatro veneciano y también su encuentro con el joven poeta y músico Francesco María Piave, con cuya colaboración subirá a escena su quinta ópera: Ernani
Francesco María Piave
Verdi, después de “I Lombardi”, quiso avanzar hacia un nuevo objetivo: la creación de personajes con caracteres psicológicamente más elaborados. Para intentar alcanzar su deseo, solicitó de su nuevo libretista Francesco María Piave- por entonces un novato en el oficio- que se eliminara de Ernani (primera ópera donde Verdi pudo elegir argumento) cualquier cosa superflua, dejando bien clara y perceptible la acción. Por tanto el compositor se involucró en el guion y dejó al poeta la redacción de los versos: del encadenamiento de los hechos, él sería prácticamente el responsable. Merece destacarse que Ernani es la primera ópera con “tema español”, aspecto que va a ser bastante recurrente en su producción.
Elegir como argumento un drama de Víctor Hugo tenía desde luego su importancia. Hoy día y con perspectiva histórica, nos podemos dar cuenta de la preocupación del compositor por la base literaria de sus obras. Es un tema que llegaría a obsesionarle. Recordemos que trabajó con piezas de Shakespeare, Schiller, Dumas, el Duque de Rivas, García Gutiérrez y lord Byron. Obras que, en su mayor parte, están encuadradas en el pleno romanticismo con todas las características que ello conlleva. Víctor Hugo era un poeta maldito, un vanguardista cuyas obras se consideraban subversivas e inmorales. Además el hecho de que un bandido fuera el protagonista de una ópera era algo casi inconcebible para la época.
Su argumento- a diferencia de Nabucco e I Lombardi- no estimulaba el fervor patriótico pero hay un momento del coro (Si ridesti il leon di Castiglia- que despierte de nuevo el león de Castilla) que pronto se transformó popularmente en (“Si ridesti il leon di Venezia”). También la célebre aria inicial de Elvira (“Ernani! Ernani, involami”) se tomaría- según cuenta la tradición bastantes años después- como un ruego a la joven Italia para que Víctor Manuel, rey del Piamonte, la liberara del abrazo aborrecido del Imperio Austro-Húngaro.
Este éxito le permite volver a Busseto para comprar algunas propiedades, que pone en manos de sus padres. Muy pronto regresara a Milán con un joven protegido de Barezzi tal como lo fuera el algunos años antes. Este joven músico: Emanuele Muzio se convertirá en su alumno y asistente y será un apoyo importante durante los años siguientes (años de galera) en los que Verdi desarrollara una actividad febril que le dará buenos dividendo pero poco tiempo para la reflexión.

 




viernes, 22 de marzo de 2013

Giuseppe Verdi - Su vida y su obra - Capítulo I


Este es el primero de una serie de apuntes preparados para un taller dedicado a la maravillosa obra de Giuseppe Verdi en conmemoración de los 200 años de su nacimiento
 
Sus comienzos, Busseto.

Milán, sus primeras óperas.

 
PRIMER PERÍODO CREATIVO

El 30 de Enero de 1805 se celebró en un pueblecito parmesano de Roncole la boda de Carlo Verdi con Luigia Uttini. El novio, regenteaba con su madre la Osteria Vecchia del pueblo, una taberna heredada del padre, y explotaba además, algunas hectáreas de tierra alquiladas en los alrededores. La novia, hilandera -ocupación habitual en las jóvenes de su condición-, procedía de una familia dedicada igualmente al negocio que ahora llamaríamos de la hostelería. Tanto los Verdi como los Uttini eran gente respetable en su entorno, que vivían en condiciones económicas y culturales notablemente mejores que las de la mayoría del campesinado que los rodeaba, sumido en su mayor parte en la miseria.

Roncole era una simple aldea: un conjunto de granjas, alrededor de la iglesia parroquial de San Miguel Arcángel, en medio de la fértil llanura del Po.

El lugar había pertenecido al ducado de Parma desde su fundación en el siglo XVI, pero en los tiempos napoleónicos pasó a formar parte del nuevo departamento del Taro, administrado por un prefecto francés. Los documentos del registro civil se redactaban en la lengua de los dominadores. Así que cuando el primogénito de los Verdi nació y fue inscrito, el 12 de Octubre de 1813, se le dieron, en su acta de nacimiento los nombres de Joseph-Fortunin-François. Es decir, Giuseppe – por su abuelo paterno- Fortunino – nombre tradicionalmente llevado por los Verdi – y Francesco, en homenaje a su abuela paterna.

Verdi nació en un tiempo en el que los músicos estaban al servicio de intereses muy precisos, intereses que tenían más que ver con las necesidades o los caprichos de otros –los cantantes, los empresarios, los soberanos, el público-  que con los suyos propios. Cuando murió, los compositores eran considerados unos seres excepcionales, elegidos de los dioses para hacer al resto de los humanos un poco más felices, un poco más humanos. En ese trayecto tuvo mucho que ver él, con su inspiración, desde luego, pero también con su orgullo, su tozudez, su confianza en sí mismo, su feroz manía de defender lo justo, de no plegarse nunca ante nada ni nadie.

Cuando el pequeño Beppino contaba 3 años nació su única hermana Giuseppa Francesca, muerta en plena adolescencia en 1833.

El interés del niño por la música apareció muy pronto. El puesto de organista de la iglesia parroquial lo ocupaba Pietro Baistrocchi, que era también el maestro de la escuela con quien comenzó sus primeros y rudimentarios estudios musicales. Además la presencia de músicos ambulantes, que interpretaban tanto aires populares como fragmentos de las óperas de éxito, era habitual en los caminos y en los pueblos. Parece que el pequeño Verdi, apenas oía el sonido de un organillo, un violín o cualquier instrumento, salía corriendo, extasiado, en busca del intérprete.

El interés del niño debía ser tan grande que sus padres le compraron con tan solo ocho años una pequeña espineta de segunda mano. Verdi conservó toda la vida aquella pequeña espineta, que ahora se encuentra en el museo del teatro de la Scala.

Cuando a los diez años comenzó a tocar el órgano en la iglesia de San Miguel Arcángel, Carlo y Luigia, enviaron a su hijo a Busseto, para que siguiese allí su educación en el Ginnasio (instituto). A unos Kilómetros de Roncole, Busseto es una pequeña ciudad de origen medieval, antigua capital del estado feudal de los Pallavicino, con una larga tradición cultural que aún se mantenía, aunque en decadencia, en los tiempos de la llegada de Verdi. La pequeña burguesía local amante de las letras y las artes, de tendencias políticas liberales, se reunía, sobre todo en la Società Filarmonica, destinada a jugar un papel de gran relevancia en la vida de Verdi.

La  Società Filarmonica estaba dirigida por el profesor Ferdinando Provesi y por Antonio Barezzi que enseguida se convertiría en el protector de Verdi y sobre todo en una figura profundamente paternal para él. Barezzi gozaba de una buena posición económica como destilador y mayorista de ultramarinos. Igual que Provesi era un hombre moderno, radicalmente anticlerical y librepensador, como se denominaba entonces a cualquier persona que huyese de las rígidas ideas reaccionarias.

Barezzi y su esposa María Demaldè alojarán al joven Giuseppe en su casa donde este trabará amistad con la hija de ambos: Margherita.

Acabado los estudios en el Ginnasio, Verdi continuará con sus estudios musicales junto al maestro de capilla Provesi.

A sus 16 o 17 años descubre al poeta Vittorio Alfieri- El primero en hablar de una Italia unida, de una Patria. Fundando la escuela patriótica de literatura. A las pequeñas obras compuestas para ser ejecutadas por la Società Filarmonica, sumara una cantata sobre el drama de Alfieri: I deliri di Saul. Ejecutada en Busseto por Giuseppe Guarnieri, propietario de un café y entusiasta de Verdi. (1830)

En 1832 Carlo Verdi y Antoni Barezzi acompañan a Giuseppe Verdi en su primer viaje a Milán con la intención de que el joven sea admitido como estudiante regular en el conservatorio de esa ciudad. Finalmente Verdi no será admitido al fracasar en el examen como ejecutante de piano, por lo que Barezzi lo vincula con Vincenzo Lavigna (alumno de Paisiello) para tomar clases particulares.

Con Lavigna estudia armonía, contrapunto y fuga. Conoce y estudia profundamente el Don Giovanni de Mozart. También toma contacto con el mundo cultural milanés especialmente con el teatro de ópera, conociendo poco a poco la compleja estructura de ese particular mundo:

 El empresario

Los cantantes. (magníficamente pagados, pero explotados con lo que se desgastaban rápidamente)

El compositor (como mero empleado de la compañía)

Un compositor para poder vivir dignamente debía componer como mínimo 3 o 4 óperas al año, tal como han hecho Rossini, Donizetti o Pacini.

Sólo Bellini impone condiciones, tal como lo hará Verdi.

Milán es un centro destacado del teatro lirico:

Teatro Alla Scala, comparte su prestigio con

La Fenice de Venecia

San Carlo de Nápoles

La Pérgola de Florencia

Apolo de Roma

En Milán en los años 30 varios son los teatros dedicados a la ópera:

El Re

El Fiando

El Cárcano

La Canobbiana

El de los Filodrammatici.

El teatro de los Filodrammatici es un reducto de patriotas antiaustriacos y librepensadores. Es la sala donde actúan los miembros de la Milanese Società Filarmónica dirigidos por Pietro Massini

Verdi sustituye a Massini en los ensayos de la Creación de Haydn.

Por fin en Julio de 1835 obtiene el certificado de estudios firmado por Lavigna.
Se presenta al examen para obtener la plaza de maestro de capilla en Busseto ante el organista de la corte ducal Giuseppe Alinovi, quien no solo le otorga el puesto sino que le advierte de que está preparado para aspirar mucho más alto que al puesto de organista de una ciudad de segunda categoría como Busseto. Pero esta es su primera oportunidad de contar con un trabajo remunerado. A los pocos meses se casa el 4 de mayo de 1836 con Margherita Barezzi.

En Septiembre termina su primera ópera, pero será muy difícil estrenarla ya que su principal contacto en Milán, su profesor Lavigna muera y Massini que había animado a Verdi a escribir la obra con intención de montarla en el teatro de los Filodrammatici, abandona la dirección de esa sala.

En algún momento escribirá desesperado a Massini: “si me saca usted de este vacío en el que me encuentro hundido, me sentiré eternamente agradecido”

El 26 de marzo de 1837- nace su primera hija, llamada Virginia en homenaje a la tragedia republicana del mismo nombre escrita por Vittorio Alfieri, el renovador del teatro italiano a fines del siglo XVIII y gran defensor de la libertad política y moral, el mismo autor en el que se basase para componer su primitiva cantata Saúl, a sus 17 años.

La elección del nombre de su hija sumado a su aspecto físico, con la barba a lo Mazzini es una prueba pública de su simpatía por las ideas republicanas y revolucionarias de los patriotas más destacados.
Giuseppe Mazzini fue un político, periodista y activista, apodado el alma de Italia, que brego por la unificación italiana.

El 11 de julio de 1938- nace su segundo hijo, llamado Icilio Romano, como otro personaje de la tragedia Virginia. Pero la alegría dura muy poco pues al mes siguiente muere Virginia de 15 meses de edad.

El 8 de Septiembre de 1838 el matrimonio viaja a Milán con la firme decisión de impulsar la carrera del compositor.

Pietro Massini moviliza todos sus contactos presentando a Verdi al empresario de la Scala Bartolomeo Merelli, empresario también del teatro imperial de Viena. Merelli era amigo, libretista, agente y productor de Donizetti.

En esos momentos entre los cantantes de la compañía de Merelli figuran dos que mucho tendrán que ver con Verdi más adelante: la soprano Giuseppina Strepponi y el barítono Ronconi. Ambos toman contacto con la partitura y parece que hablaron a favor de Oberto, conte di San Bonifacio, la primera obra, aun no estrenada de Verdi, recomendándola con entusiasmo a Merelli.

Antes de estrenarla deberá introducir cambios en el libreto, para ello, el empresario Merelli, le asigna como libretista al joven Temistocle Solera.

En plenos ensayos y preparativos un nuevo golpe cae sobre la pequeña familia de Giuseppe y Margherita, el 22 de Octubre de 1839 muere Icilio por una neumonía. Al mes siguiente el 17 de Noviembre de 1839, a la edad de 26 años Verdi logra un inesperado éxito en la Scala con el estreno de Oberto.

Oberto, no es desde luego una de las grandes obras de Verdi, aunque tampoco es la peor. Sin embargo, es ésta una ópera sin duda verdiana, Lo es incluso en el libreto, cuyo argumento recuerda- con la puesta en escena de un triángulo formado por un seductor (Ricardo), una hija ofendida (Leonora) y un padre vengador (Oberto)- los elementos fundamentales de Rigoletto, y anticipa la permanente preocupación de Verdi por las relaciones padre-hija o padre-hijo.

Según Massimo Mila, Oberto es la aparición de un carácter, de un acento nuevo que no existía hasta entonces en el panorama melodramático italiano. Los personajes de Bellini o Donizetti se resignaban melancólicamente  a la adversidad de su destino. Los de Verdi- y será una constante es su carrera igual que en su vida- luchan con uñas y dientes hasta el final, aunque la fatalidad los derrote. Son espíritus grandes de resoluciones fieras y terribles. Son gente que actúa, no gente que padece. Y todo esto se manifiesta ya desde ahora solamente a través de la música: la cualidad de la melodía, su unión precisa y dúctil con la palabra, su capacidad para esculpir en dos compases un carácter, para colorear una situación con una sencilla modulación.

Es una obra teatralmente valiosa y tiene su acento propio-esa voz original- que mantendría vivas las obras de Verdi, mucho tiempo después que la mayoría de sus contemporáneos cayeran en el olvido.


Un ejemplo  de esa vibrante personalidad que despunta, lo encontramos en el vibrante coro de introducción, que se puede oir en el siguiente enlace:
http://youtu.be/HJcGycNHsNE
Nº1: giuseppe verdi (1813-1901)OBERTO (1839)
 ACTO I CORO                   

Acto I: En una campiña próxima a la ciudadela se espera la llegada de Riccardo que viene a desposarse con Cuniza. Es recibido con todos los honores y él demuestra su satisfacción por el matrimonio ya que le supone un ascenso social.
 

 

martes, 15 de enero de 2013

Bicentenario Verdi - 1813-2013

Comenzando una serie de publicaciones sobre Giuseppe Verdi, con motivo del bicentenario del nacimiento del gran maestro, he encontrado un articulo publicado por Eva Díaz Pérez en una periódico madrileño, referido al estreno de La forza del destino en Madrid.

El relato de las jornadas previas al estreno nos permite entrever la dura tarea que debía desarrollar el músico celebre, y la España que pudo conocer.


Verdi, fotografiado en Madrid

Verdi en el país de Carmen
  • Hace 150 años justos, Verdi llegó a Madrid para estrenar 'La fuerza del destino'
Eva Díaz Pérez | Sevilla
El Año Verdi que se celebra en 2013 tiene su episodio español: el viaje que el compositor italiano hizo a comienzos de 1863 con una historia llena de anécdotas, éxitos y fracasos, desencuentros y epifanías. Verdi y su esposa, la soprano Giuseppina Strepponi, llegaron a Madrid el 11 de enero de 1863, hace justo 150 años, para revisar los ensayos de 'La forza del destino' que se había estrenado hacía unos meses en el Teatro Imperial de San Petersburgo.

El matrimonio había pasado las Navidades en París y al llegar a Madrid se instaló en una fonda próxima al Teatro Real, en la Casa Castaldi, del número 6 de la Plaza de Oriente, un lugar en el que solían hospedarse los artistas, sobre todo italianos, que actuaban en el escenario madrileño. En el estreno, el elenco estaba formado por la soprano francesa Anne Caroline Lagrange, el tenor Fraschini, el barítono Giraldoni y el bajo Cotogni con Emilia Méric-Lablanche en el papel de Preciosilla.

Existe un anecdotario curioso sobre el transcurso de los ensayos de 'La forza del destino' en los que Verdi estuvo presente todas las jornadas trabajando de forma intensa. En una carta escribió: "Nada salió bien; no podemos esperar un éxito. Los coros, la orquesta y los decorados son espléndidos; todo lo demás es un desastre". Pero fue un triunfo. Al estreno asistieron la reina Isabel II, Pedro Antonio de Alarcón, Rosalía de Castro y Ángel de Saavedra, duque de Rivas, en cuya obra 'Don Álvaro o la fuerza del sino' se basa 'La forza del destino'.

Sin embargo, los críticos aseguraron que Verdi había traicionado al autor cordobés en su versión y parece que el duque de Rivas mostró en más de una ocasión su decepción por el resultado de la obra y por el dinero recibido por los derechos de adaptación. Por cierto, no fue sólo el duque de Rivas el único autor español que inspira obras de Verdi, ya que habría que recordar al gaditano de Chiclana Antonio García Gutiérrez, autor de los dramas 'El trovador' y 'Simón Bocanegra'.

El estreno de 'La forza del destino' tuvo lugar el 21 de febrero en el Teatro Real, una fecha que debería recordarse aprovechando el Año Verdi. En aquellos días madrileños parece que Verdi tuvo poco tiempo para disfrutar de la ciudad, ya que los ensayos le ocupaban casi todo el día. A pesar de ello, muchas personalidades intentaban concertar alguna cita o encuentro con el maestro enviando a la Casa Castaldi o al Teatro Real tarjetas de visita. Sin embargo, Verdi tenía claro que no estaba en Madrid en viaje de placer o para ceremonias de sociedad. Es famosa la anécdota ocurrida con el músico Barbieri, que envió al compositor su tarjeta para saludarlo, pero que no recibió respuesta. Años más tarde, cuando Verdi quiso contactar con él para conocer detalles de música española que necesitaba para su ópera 'Don Carlo', Barbieri se negó a responder recordando el desaire. Sin embargo, parece que esta historia podría ser apócrifa porque el músico no la recuerda en sus memorias cuando evoca el estreno de 'La forza del destino' en el Madrid de 1863.

Sí que parece que este Verdi, supuestamente huraño y poco sociable, tuvo tiempo para pasar por el gabinete fotográfico de Jean Laurent y posar para algunas instantáneas que han quedado casi como único testimonio gráfico de su viaje español.

El compositor y su esposa, exhaustos de los intensos días vividos en Madrid, decidieron recorrer parte de España. Nada más salir de la capital visitaron El Escorial, un monumento que sorprendió al compositor de tal forma que le inspiraría años más tarde el drama 'Don Carlo'. Creía Verdi haber intuido algo del alma española en aquellos muros austeros y en el silencio grave y fúnebre. Sobre el edificio escribiría: "Es severo, terrible, como el feroz gobernante que lo construyó". Quizás adivinó la sombra de tiniebla de Felipe II entre las estancias de mármol.
Rumbo a 'Siviglia'
Verdi y su esposa recorrieron sobre todo Andalucía, esa parte de España más mediatizada y recreada por los viajeros románticos y que en aquella época simbolizaba la idea del país. Estuvieron en Cádiz, Málaga, Córdoba, Granada (allí visitó a su buen amigo el cantante Ronconi) y Jerez donde recorrió sus bodegas y se llevó un barril de vino para su residencia de Santa Agatha en Piacenza.
La estancia de Verdi en Sevilla, donde se desarrolla parte de la ópera recién estrenada, fue fugaz, brevísima pero intensa. Llegaron el 1 de marzo por la noche y salieron el día 3 por la mañana alojándose en la Fonda de Londres, que hoy es el actual Hotel Inglaterra en la Plaza Nueva. En esas horas se sabe que visitaron los Alcázares, la Catedral, la fábrica de lozas de la Cartuja y algunas casas palaciegas. Es probable, aunque no existen datos que lo confirmen, que Verdi visitara el lugar que él mismo había indicado en la acotación del primer acto de 'La forza del destino': la Plaza del Altozano en Triana, donde se encuentra el palacio de Calatrava y vive el viejo marqués de Calatrava en el siglo XVIII.
Verdi se quedó muy impresionado en su recorrido por el Museo de Bellas Artes guiado por el pintor Manuel Bejarano, entonces director de la pinacoteca. Y más tarde confesará que le fascinó Murillo, un pintor que en aquella época estaba considerado entre los mejores del mundo como demuestra el éxito de venta de sus lienzos en las subastas europeas.


La Puerta del Vino, Granada 1862

martes, 4 de septiembre de 2012

Excelente Le Comte Ory en DVD

Juan Diego Flórez, Diana Damrau, Joice DiDonato. Director Maurizio Benini. Metropolitan Opera. NY

Le Comte Ory, anteúltima de las óperas de Rossini, es para más datos su último trabajo en el género bufo, con la que cierra magníficamente su genial producción, entre las que destaca el chispeante Barbero de Sevilla. De aquella obra de 1813, a este Comte de 1828 se hace evidente la sabiduría,adquirida por Rossini, producto de una gran experiencia. Se ha instalado en París y compone en francés, el resultado es novedoso y su modo de componer, por otra parte siempre fiel a si mismo, es ágil. Su música, ingeniosa y perfectamente adaptada a la situación escénica, pero menos chispeante, a cambio ha adquirido un preciosismo en la elección de la melodía y en su armonización.


Esta obra requiere un elenco de verdaderos campeones, en lo que al virtuosismo se refiere. Un gran acierto de este DVD es que reúne a tres de esos “campeones” bajo la dirección musical de Maurizio Benini que logra comunicar su entusiasmo a los intérpretes y al público. Otro acierto es el de la dirección escénica a cargo de Bartlett Sher organizando el caos Rossiniano con gran economía de medios y ejerciendo una dirección de actores que no deja cabo suelto.


La interpretación de Juan Diego Flórez, en el rol del Comte Ory, es magnifica, rebosante de simpatía y de picardía servidas por una técnica de canto impecable. Aún más nos puede sorprender La Contesse Adèle de Diana Damrau con una energía incontenible. No solo es una proeza su canto, sino una demostración de su talento para la opera bufa. Es una de las sopranos lírico ligeras más importante de nuestro tiempo. Este terceto se completa con otra estrella: la inefable Joice DiDonato, mezzosoprano de agilidad ideal para los papeles Rossinianos, la calidad de su canto es altísimo e imprime credibilidad y encarnadura a su personaje masculino. Muy pocas veces podemos ver en escena a una mujer y creernos que es un hombre. Se enfrentará a Flórez por el amor de la Duquesa, en un terceto delirante pero cargado de erotismo. El resto del elenco está a la altura de los protagonistas. Excelentes tanto la imagen como la toma de sonido.